Era el año 2018 y me encontraba en Oaxaca, una ciudad vibrante y llena de vida. Estaba exponiendo en un modesto bar junto a la famosa Galería Quetzalli. Por una irónica coincidencia, el mismo día, mi tío Francisco Toledo inauguraba su exposición en dicha galería.
Decidimos, Silvia, mi esposa, y yo, ir a ver la exposición del maestro, cuya presencia siempre atraía a curiosos, ansiosos por verlo. Al llegar, lo vimos salir apresuradamente, tratando de evitar a la multitud.
Llevábamos con nosotros a nuestra hija Celina, que en ese entonces tenía apenas cuatro años. Mientras intentábamos encontrar un momento oportuno para acercarnos, mi tío se detuvo de repente al ver a Celina. Ella, con la inocencia y la sinceridad propia de su edad, le dijo al ver los cuadros: «Yo pinto».
Mi tío, sonriendo, le respondió: «Yo también pinto». A lo que Celina, sin pensarlo dos veces, replicó: «Yo pinto mejor que tú». Él soltó una carcajada y le contestó: «Seguramente sí». Fue un momento mágico, donde el tiempo pareció detenerse por un instante.
Aprovechando ese breve respiro, le pedimos una foto y él, amablemente, accedió. Nos tomamos la foto y guardamos un recuerdo imborrable de aquel día. No solo por la coincidencia y el encuentro con mi tío Francisco, sino por la maravillosa interacción entre él y Celina, que dejó huella en nuestros corazones.
Ese día en Oaxaca, me recordó la belleza de lo espontáneo y la magia de los encuentros inesperados.
